
Rumanía es un país que se asoma al mar Negro, con el mar Rojo uno de los dos mares de colores que de niño me llamaban la atención en las clases de Geografía. ¿Por qué se le llama mar Negro?, me atreví a preguntar una tarde con monotonía de lluvia machadiana tras los cristales. Por la poca transparencia de sus aguas, me contestó el cura mirando para otro lado, molesto con uno de esos niños repelentes que no dejan de sacar punta al lápiz de la curiosidad. Con el tiempo supe que Rumanía era el país de los Cárpatos, de Transilvania, de Nadia Comaneci y del Steaua de Bucarest. A la gimnasta la vi en Seattle, hace ya muchos años, un cuerpo de niña con rostro de adolescente. Al equipo de fútbol lo veía, en la televisión en blanco y negro, eternamente enfrentado al Real Madrid en las viejas Copas de Europa. Siempre me llamó la atención un país que fue capaz de quedarse con la denominación de origen de la cultura romana. Creo recordar asomarme, en los años setenta, a un paisaje rural, verde oscuro, amarillo, desde la ventanilla de un tren. Apenas unos kilómetros que la Rumania comunista permitía divisar con la cartilla del Interail. La última noche va ser traducida al rumano. Escribir, quitando la tonta vanidad que en mayor o menor medida todos tenemos, permite estos pequeños milagros. Sarah Avenzoar coqueteando con el conde Drácula...

