Antonio Rendón . Texto, Carlos Varela Real . La tarde cayó con suavidad sobre Casa de las Columnas, en el corazón vivo de Triana, donde el aire parecía llevar consigo ecos de versos antiguos. A las 18:30 en punto, conforme estaba previsto, comenzó un acto que no fue solo encuentro, sino invocación: la memoria luminosa de la Generación del 27 se hizo presente entre muros encalados y miradas expectantes.
Allí, como si regresaran por un instante a la orilla del Guadalquivir, resonaron los nombres de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre. No estuvieron en carne, pero sí en palabra, en evocación, en ese temblor que deja la poesía cuando se nombra con respeto.
La apertura corrió a cargo de Doña Manuela Ruiz Vera, directora del acto, quien, con voz firme y serena, dio paso a una mesa que conjugaba saber, sensibilidad y compromiso cultural. La componían Doña Reyes Robledo, profesora; Don Laudelino Pino, profesor; y Carlos Valera, presidente del Ateneo de Triana, todos ellos guardianes de la palabra compartida.
Doña Reyes ofreció un recorrido extraordinario por la vida y obra de aquellos poetas, como quien deshilvana un tapiz antiguo sin romper su belleza. Don Laudelino Pino disertó con hondura, tendiendo puentes entre el pasado y la sensibilidad contemporánea. Y Carlos Valera, con pulso creativo, introdujo una réplica al Romancero Gitano de Federico García Lorca, dando voz de respuesta a cada personaje, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo.
La música, siempre cómplice de la poesía, llegó de la mano de Pepo Pizarro a la guitarra, cuyas cuerdas tejieron atmósferas que acompañaban cada palabra. Junto a él, José Carlos Vacas, D. JESUS GAVIRA ALBA, aportaron presencia y matiz, siendo Juan Carlos Vacas el responsable del cuidado sonoro del acto, sosteniendo con precisión cada intervención.
El cierre tuvo acento de sal y nostalgia: Pepa Damas puso voz a unas habaneras de Cádiz que envolvieron la sala en un suspiro marinero, como si el Atlántico se hubiera colado entre las paredes del salón.
El agradecimiento se extendió a Doña Manuela Moreno Mejías, responsable del área de participación, cuyo impulso hizo posible que la cultura volviera a latir con fuerza en este espacio.
El salón de actos, lleno hasta el último rincón, fue testigo de una satisfacción compartida. No solo se escuchó poesía: se habitó. Y al salir, en el murmullo de los asistentes, quedaba la certeza de que la palabra ,cuando es verdadera,no termina, sino que continúa en cada uno.
