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LA VOZ QUE ESCUCHA RAPHAEL Mi agradecimiento público a Natalia Figueroa

José María Fuertes fuertesaguilar@hotmail.com
hace 7 años
Opinión

Nosotros escuchamos la voz de Raphael… Pero ¿y Raphael?, ¿a quién escucha?, ¿es, como escribió Pemán, una voz de espía de sí mismo? ¿Tiene bastante con sus canciones, con su orquesta y con el público? Al más pintado, a quien nació con una garganta prodigiosa, a Raphael, también le hace falta una voz que escuchar. Y la voz que Raphael escucha es la de Natalia Figueroa, su mujer. Natalia no canta, pero te habla con una melodía de brisa y sosiego idónea para guerreros que reposan de batallas incesantes. Una voz de amparo y cobijo. Es la voz que me llega a través de mi móvil y desde el suyo. Está en Ibiza pasando este verano. Este verano que me la regala inesperadamente enviándome un sms:

“Quiero felicitarte por lo que has escrito de Raphael con motivo de su concierto en La Antilla. Además de las cosas preciosas e importantes que dices de él, está tan bien escrito…! Y leer algo muy bien escrito es cada vez más difícil. Enhorabuena. Me has emocionado. Gracias y un abrazo. Natalia Figueroa”.

La llamo. Soy yo el auténtico agradecido a esas palabras. La llamo y es un obsequio inesperado su voz en agosto como si llegara de aquel julio de 1972, cuando fue preciso marchar los dos hasta Venecia, y en la iglesia de San Zacarías, a la caída de la tarde, está Natalia tan guapa casándose con Raphael, Natalia con esos ojos profundos de tráiler de amor para siempre, con la mirada azul de amar para toda la vida, Natalia de blanco con hechuras hermosas de abril. Aquel día en el que en un soneto improvisado, escrito sobre una de las mesas de invitados al Danielli, se contó frente a las aguas del Gran Canal que a Natalia nos la robó al paso una canción…

Tengo la edad suficiente para saber quién fue en este país Natalia Figueroa antes de convertirse en la esposa de Raphael; la edad suficiente para saber que es una aristócrata nieta del histórico Conde de Romanones, bisnieta de Alonso Martínez, hija del Marqués de Santo Floro -cuyo título ostenta ella en la actualidad tras el fallecimiento de su padre-, una mujer considerada entre las mejores intelectuales de su época, escritora y periodista, colaboradora del diario Pueblo cuando estaba dirigido por el punzante y finísimo Emilio Romero, presentadora de TVE en “Si las piedras hablaran”, con texto de Antonio Gala…

La oigo por teléfono, tan dulce, tan risueña y amable con mis recuerdos sobre ella:

-José María, si es que sabes de mí más que yo misma…

Sólo ya con la voz, qué aire más bonito tiene Natalia Figueroa. Y me digo y caigo en la cuenta: ¡Esta es la voz que escucha Raphael! Esta es la voz que escucha desde el otro lado del Atlántico, desde América; la voz que escucha Raphael desde Rusia o Japón. Esta es la voz que le cuenta que todos están bien, que han cenado o que están a punto de acostarse. Esta es la voz que durante años de giras por todo el mundo, tan interminables como su éxito, le ha contado a Raphael cómo iban los colegios, los exámenes, la visita al médico, la fiebre de un invierno o, como en la canción de Perales, que “han arreglado las farolas de la calle”. Esta es la voz serena de la inteligencia que lo ha tranquilizado para que pudiera ser Raphael, para que pudiéramos tener a Raphael. Más de lo que cabría imaginarnos le debemos Raphael a Natalia. Hay hombres que son posibles gracias a sus mujeres, y al contrario: mujeres que se han realizado plenamente porque quienes compartían sus vidas, también compartían sus sueños. Natalia vino a sumar en la vida de Raphael, no a restar. A dejarlo igual, pero con ella, sin despersonalizarlo, con la de parejas y matrimonios que se dedican a socavar poco a poco la identidad del otro, precisamente la forma de ser de la que se supone que se enamoraron. Se lo debemos, le debemos Raphael a Natalia. ¿Qué hubiera sido de Raphael sin encontrarse con ella y los hijos estupendos que le ha dado? ¿Qué hubiera sido de un hombre como él, sometido a las tensiones constantes de una profesión como la suya, en la que se revalida todos los días lo conseguido con un enorme trabajo de años, de décadas ya, qué hubiera sido de él sin el centro de gravedad de una mujer cuyo corazón late al mismo ritmo que esa proeza? Las mejores elecciones de la vida de Raphael están hechas -hay que ver lo que sabe la gente- en contra del parecer general: dar su primer concierto en la Zarzuela, grabar “El tamborilero” y, ¡la mejor!, escoger a Natalia. Con ella, la historia del artista ha discurrido por los cauces bien difíciles de la naturalidad en una existencia nada normal. Sin ella, Raphael no hubiera sido posible hasta la medida en que ha logrado serlo. Sin su estabilidad personal, seguramente tampoco estaría trazada una línea firme de triunfos durante más de cincuenta años. Natalia es el gran telón de fondo de Raphael en esta escena continua y difícil que es vivir.

La felicidad de un artista lleva siempre adherida una extraña sustancia amarga de esfuerzos, sacrificios y tenacidad que quienes les rodean no deben ignorar. Y muchas veces, para que pueda cantar tantas vidas inciertas y agitadas, la suya propia no debe quedar al alcance de vaivenes. Porque bien mirado, Raphael no canta canciones: Raphael canta guiones. Es un gran actor que para entrar y salir de las historias sufrientes de muchos de sus personajes, necesita estar indemne y arropado por la seguridad absoluta de que los suyos le respaldan y apoyan en una profesión de equilibrios milagrosos.

Puede que lo que no sabe nadie, como en la canción, y acabe sabiéndose un día, es que en su fuero interno, en su lugar más insondable, la auténtica y gran vocación de Raphael, más de lo que él mismo se calcula, se haya llamado Natalia, Natalia Figueroa. Porque… ¿qué es la vocación?, ¿qué otra cosa que uno de los grandes sinónimos del amor?

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