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Por fin el “Beato Damián de Molokai”, el misionero pionero de la promoción integral de los enfermos de lepra, será canonizado este domingo en Roma.

Ángel León -Foto de Archivo:DonaldPress
hace 12 años
Religión

A Dios gracias y por fin el Beato Damián de Molokai, en vida misionero padre Damián de Veuster (1840/1889) de la Congregación de los Sagrados Corazones (Picpus), proclamado Beato por Juan Pablo II en Bruselas (Bélgica) el 4 de junio de 1995, será canonizado por Benedicto XVI el Domingo 11 de octubre en la plaza de San Pedro. El padre Damián de Veuster es conocido universalmente como “el apóstol de los leprosos”, por haber escogido permanecer, sólo, entre los leprosos de la isla de Molokai, hasta contraer la enfermedad. Su testimonio heroico despertó la opinión pública acerca del problema de los enfermos de lepra y sobre su marginación. El mismo año de su muerte se fundó en Londres una Asociación para la lucha contra la lepra, a la que siguieron en el tiempo otras iniciativas y asociaciones, como la de los “Amigos del padre Damián”. En 1954 Raoul Follereau, movido por el testimonio de padre Damián, promovió la anual “Jornada mundial de los enfermos de lepra”. Como afirmó el mismo y añorado papa, Juan Pablo II en la homilía de la Misa para la Beatificación: “el padre Damián ha vivido una forma particular de santidad a lo largo de su ministerio: era al mismo tiempo sacerdote, religioso y misionero. A través de estas tres cualidades él reveló el rostro de Cristo, indicando el camino de la salvación, enseñando el Evangelio y siendo un incansable agente de desarrollo. Organizó la vida religiosa, social y fraterna de Molokai, isla marginada por la sociedad en esa época, con él cada uno tenía su lugar, cada uno era reconocido y amado por sus hermanos... Cuando Damián se encontraba entre los enfermos, podía pronunciar en su corazón estas palabras: ‘Nuestro Señor me dará la gracia necesaria para cargar mi cruz siguiéndolo hasta nuestro Gólgota especial de Kalakao’. La certeza de que cuentan sólo el amor y el don de sí mismo lo alentaba y lo hacía feliz. El apóstol de los leprosos es un ejemplo luminoso de que el amor de Dios no aleja del mundo, sino que por el contrario el amor de Cristo lleva a amar a los propios hermanos hasta dar la propia vida por ellos”…

Con ocasión de la canonización de P. Damián, el Superior general de la Congregación de los Sagrados Corazones y la Superiora general de las Hermanas de los Sagrados Corazones, han publicado una carta en la que recuerdan que “Damián es un hermano universal, modelo de la humanidad, apóstol de los leprosos, héroe de la caridad, inspiración para todo ser humano que sienta el llamado a servir a los excluidos y olvidados, orgullo de los belgas y de los hawaianos, gloria de la Iglesia toda”.

Según fuente del Anuario Estadístico de la Iglesia La Iglesia católica administra actualmente en el mundo 521 leprosarios, divididos en el siguiente modo: 186 en África, 38 en América, 293 en Asia, 3 en Europa, 1 en Oceanía

Seguidamente os ofrecemos su Biografía: Nació en Tremeloo (Bélgica) en 1840. Hasta los 19 años vive con sus padres, en ambiente campesino y allí, junto a su fortaleza física, se va desarrollando su personalidad y su vida de fe. El destino de su breve vida sólo se explica por su apasionamiento por descubrir lo que Dios podría esperar de él. Profesa en la Congregación de los Sagrados Corazones y pide ser enviado a las misiones de las Islas Hawaii a los 23 años. Ordenado allí sacerdote, evangeliza en la isla grande de Hawaii, durante 9 años, a pequeñas agrupaciones de nativos, dispersos en amplios territorios volcánicos.

A sus 33 años, la edad de Cristo, se ofrece voluntario para permanecer en la colonia de leprosos, confinados desde hacía 7 años en una pequeña península de la isla de Molokai, cárcel natural aislada por el mar y las montañas. Los enfermos, que morían casi a diario, eran sustituidos por otros leprosos a quienes, desde otras islas, se forzaba a encerrarse en Molokai.

Desde el comienzo se identifica totalmente con la situación, y se dirige a ellos con su Nosotros, los leprosos. Trabaja agotándose por aliviar físicamente y consolar religiosamente a centenares de leprosos, que así pueden vivir con serenidad y morir con esperanza. Sus precauciones iniciales, van sin duda relajándose por la costumbre, la amistad, la necesidad, hasta que, tras 11 años de convivencia, él mismo es contagiado por la lepra.

Durante 4 años la enfermedad corroe su cuerpo, pero no le impide declararse el misionero más feliz del mundo. Tampoco logra doblegarle, pareciendo que hubiera querido morir de pie. Hasta que en 1889, a los 49 años, muere leproso, satisfecho de que su obra quedaba consolidada con refuerzos de última hora de religiosos y religiosas. "Ya no soy necesario", decía, como un leproso más, muriendo lleno de consuelo quien había trabajado en la casi más absoluta soledad.

El 4 de junio de 1995, domingo de Pentecostés, fue beatificado en Bruselas por el Papa Juan Pablo II. Desde entonces somos miles y miles, las personas que ante las enfermedades, hemos acudido a Dios, por mediación del Beato Damián de Molokai.

-------------------------- foto beatificación.

Presentamos a continuación una pequeña serie de pensamientos y dichos del Beato Damián de Molokai, que han sido recopilados por el P. Ángel Lucas Martínez ss.cc., gran conocedor de la figura del Apóstol de los Leprosos y durante muchos años Postulador de su Causa de Beatificación. Los pensamientos están extraídos de las cartas que el misionero de Molokai iba enviando a su familia, a sus superiores y a otros destinatarios. Están seleccionadas por orden cronológico. Es una forma de profundizar en el legado que el P. Damián nos ha dejado para guiar nuestra misión. 25-11-1873 (a sus padres y hermanos)

"Mi mayor felicidad es servir al Señor en estos pobres hijos enfermos, rechazados por los demás hombres. Me esfuerzo por llevarlos a todos por el camino del cielo. Y a vosotros, mis queridos padres, hermanos y parientes, os hace falta marchar alegremente por este camino, a fin de que tengamos todos la felicidad de encontrarnos en el cielo. Los tesoros, las riquezas, aun la vida corporal, no son nada, si no tratamos de santificar nuestra alma. Rezad mucho por mí".

8-12-1874 (al P. Gabriel Germain, Ecónomo, desde Molokai)

"Sí, querido Padre, no he olvidado todo lo que ha hecho por mí, siendo novicio. Dios me guarda de dejarme llevar de una especie de vanidad por un cierto bien que Él se digna hacer por mi ministerio. Si se habla mucho de mí, tanto en los periódicos como en las iglesias, toda la gloria sea para el Autor y Ejecutor de todo bien. En cuanto a mí, desearía permanecer desconocido en la leprosería de Kalawao, donde me siento feliz y contento en medio de mis numerosos hijos enfermos. He logrado sobrepasar las delicadezas de la naturaleza, que detesta todo aquello que huele a lepra".

8-12-1874 (a su familia, desde Molokai)

"Me ha dado mucha tristeza la noticia de la muerte de nuestro venerado padre. ¡Ay, los ha dejado! Espero que su alma goce ya de la felicidad del cielo en compañía de nuestras hermanas. Allí es donde tenemos que encontrarnos todos un día, y espero que ningún miembro de la familia falte a la llamada". "Y usted, querida madre, ¿cómo está? ¿Se encuentra siempre valiente y con buena salud? Las lágrimas vertidas cerca de padre en su lecho de muerte la han, sin duda, debilitado un poco. ¡Ah! pero ¿por qué llorar tanto? ¿No está mucho mejor en el cielo que aquí en la tierra? Anhelemos todos la patria celeste y marchemos valientemente por el camino que allí conduce. Pienso que ya no tiene que ocuparse tanto de las cosas de la tierra. Ponga el cuidado de todo en manos de Gerardo y de Dorotea. El tiempo de su vejez estará mejor empleado si trabaja en la obra de su salvación y, si es posible, cuidando la educación cristiana de sus nietos". "Aunque esta enfermedad sea contagiosa yo gozo siempre de buena salud y soy muy feliz en medio de estas infelices criaturas de Dios. Hago todo lo que está en mis manos para conducirlos por los caminos de la virtud y prepararlos a bien morir con una santa muerte". "Durante el verano fui a trabajar durante de 4 meses fuera del hospital, como carpintero para la construcción de una nueva iglesia... No siento vergüenza de convertirme en obrero, albañil o carpintero cuando se trata de la gloria de Dios... La costumbre, contraída en casa, de ejercitarme en varios oficios me es aquí de gran utilidad".

17-12-1874 (al P. Marcelino Bousquet, desde Molokai)

"Acabo de recibir su amable Carta Circular y le agradezco de corazón los buenos consejos verdaderamente paternales que nos da. Con lágrimas ciertamente tengo el honor de sembrar la semilla divina en medio de mis pobres enfermos. Miserias, tanto morales como físicas, me deshacen el corazón, rodeándome desde la mañana hasta la noche. Intento, sin embargo, mostrarme siempre contento para levantar el ánimo de mis enfermos. Les muestro la muerte como el fin de sus miserias si quieren convertirse. También muchos ven aproximarse su último momento con resignación e incluso algunas veces con alegría. Durante este año he tenido el consuelo de ver morir, por lo menos unos cien, con muy buenas disposiciones…".

14-3-1876 (a su hermano Pánfilo, desde Kalawao)

"Trabajemos cada vez más por la salvación de las almas! Yo tengo aquí plena oportunidad de ejercer mi celo. El año pasado bauticé 80 leprosos, de los que muchos ya se han ido al cielo, como espero… Casi todos desean morir católicos. Hago todo lo que puedo por prepararlos bien. En este trabajo es donde encuentro mi mayor consuelo...".

15-3-1876 (a su Familia, desde Kalawao, Molokai)

"Perdonad por no haber respondido enseguida a vuestras cartas del 10 de mayo… Estaba algo descontento por haber visto mi carta precedente impresa en los 'Annales'. Sabed, de una vez para siempre, que no me gusta eso. Desearía permanecer desconocido para el mundo, y he aquí que por algunas cartas mías se habla de mí por todas partes en América…". "¡Pobre madre!…, Dios quiere enseñarnos a no apegar nuestro corazón a las cosas de este bajo mundo. Recuerde a menudo que esto no es más que un destierro, y que aquellos que mueren en el Señor son más felices que usted y que yo aquí abajo. A veces envidio a mis pobres hijos enfermos, cuando les administro los últimos sacramentos y cuando los entierro…". "Continuad despacio como nuestro querido padre y ante todo sed buenos cristianos, pues en fin ¿para qué ser ricos en el mundo y después condenarse eternamente? Teniendo al P. Pánfilo tan cerca, que me han dicho que es un gran misionero de Bélgica, no quiero predicaros. Sirvamos a Dios bondadoso lo mejor que podamos, cada uno según su vocación... Digo a menudo la santa misa para que Dios bondadoso se digne bendecir todos los miembros de la familia, todavía vivos, y por aquellos que ya han muerto… Adiós, querida madre y queridos hermanos. Rezad por mí…".

31-1-1880 (a su hermano el P. Pánfilo, desde Kalawao, Molokai) "He aquí ya casi 7 años que vivo entre los leprosos. Durante este largo espacio de tiempo he tenido la ocasión de ver muy de cerca, y casi tocar con los dedos, la miseria humana en todo aquello que tiene de más horroroso. La mitad de nuestra gente son como cadáveres vivientes, a los que los gusanos comienzan ya a devorar, primero por el interior y después por el exterior, formando llagas repelentes, que raramente se curan. En cuanto al olor figúrate el 'jam foetet' de la tumba de Lázaro…". "Como el cementerio, la iglesia y el presbiterio no forman más que una parcela, durante la noche yo soy el guardián de este bonito jardín de muertos, todos hijos espirituales míos. Encuentro mis delicias rezando allí mi rosario y meditando sobre la felicidad eterna, de la que ya gozan gran número de ellos, sobre la desgracia eterna de algunos que no han querido obedecerme, y sobre el sufrimiento del Purgatorio….". "Yo te aseguro, querido hermano, que el cementerio y la caja de mis muertos son mis mejores libros de meditación, tanto para alimentar mi propio corazón, como para preparar mis pláticas...". "La mayoría de los niños leprosos son católicos. Actualmente no sentimos mucha oposición por el lado de los protestantes, que se preocupan muy poco de sus adeptos leprosos. En cambio ocurre todo lo contrario en los lugares que visito fuera de la leprosería para los que necesitaría un buen sacerdote, lleno de celo y de paciencia. ¿Dónde están, pues, nuestros jóvenes compatriotas de corazón generoso, para venir a nuestro campo de batalla, a llenar los huecos que la muerte y la vejez dejan en nuestras filas? Nuestra misión, muy bien establecida en Sandwich, sufre de falta de sacerdotes y es el momento de pedir al dueño de la mies que envíe nuevos trabajadores ".

30-31 Enero 1880 (a su Familia, desde Kalawao, Molokai)

"A usted, querida madre, que Dios la recompense, incluso en este mundo, por la ofrenda de sus 4 hijos a la vida religiosa y eclesiástica. ¡Qué satisfacción sentimos todos viendo a los hijos de Leoncio y de Gerardo que crecen con tan buenas disposiciones…!". "He tenido más de 200 muertos en un año. Todos los que vienen aquí tienen una enfermedad incurable. De mis feligreses de 1873 hay muy pocos que viven en este momento. A menudo predico sobre la brevedad de la vida y sobre la necesidad de estar siempre preparados para tener una santa muerte". "Mi salud aún es excelente y nunca he tenido un motivo para quejarme de la vocación a la que la Divina Providencia me ha destinado. Estoy muy contento de poder seguir dándome a los leprosos y no tengo otro deseo en este mundo. Sin embargo, hay que estar siempre sumiso a la voluntad de los superiores por lo que no les puedo decir por cuánto tiempo estaré aquí. Espero que esto sea para toda la vida". "Muy querida madre, queridos hermanos y parientes, perseveremos siempre por el buen camino y recemos unos por otros para estar juntos un día con Dios, la Santísima Virgen y los Santos en el cielo. Que nadie de toda la familia tenga miedo o sea negligente para ir a menudo a confesarse…". 18-1-1883 (a su hermano Pánfilo, desde Kalawao, Molokai) "Los periódicos de esta semana citan mi nombre como prueba de que no se debe alarmar uno tanto por ver leprosos en nuestras pequeñas aldeas. No hay peligro de contraer esta enfermedad viviendo en su cercanía. Eso es lo que esos señores juzgan de lo que ellos ven desde el exterior, sin comprender que Dios tiene un cuidado especial de aquellos que se dedican en su nombre al servicio de los desafortunados…". "Por mi parte, después de mi llegada a la leprosería, he confiado a Nuestro Señor, a su Santísima Madre y a San José, el cuidado de mi salud. A ellos les toca protegerme de esta terrible enfermedad, cosa que han hecho hasta ahora, y aún, en cuanto a lo físico, repito a menudo en medio de los peligros que me rodean: "En Ti, Señor, he esperado, no sea confundido para siempre", Pau ia!".

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